Cantar con demasiadas ganas. Levantar la mano. Vestirse diferente. Subir un video. Mostrar entusiasmo. Admitir que algo importa. A veces no da tanta vergüenza equivocarse como que los demás noten que realmente estábamos intentando.
Por MPsc. Evelyn Zúñiga Martínez · Psicóloga clínica · Clínica Casa Bienestar · Costa Rica
Hay una escena que probablemente muchas personas reconocerán.
Una adolescente quiere subir un video que grabó varias veces. Antes de publicarlo dice: “Ay, qué cringe.”
Un estudiante preparó mucho una exposición, pero justo antes de comenzar comenta: “Igual casi no estudié.”
Alguien quiere bailar, cantar, levantar la mano, acercarse a otra persona o usar algo diferente, pero primero mira alrededor.
Otro muestra un dibujo y se apresura a decir: “Está horrible, lo hice rapidísimo.”
A veces no es que realmente piense que está horrible. Es que decirlo primero le da una pequeña protección. Si a los demás no les gusta, ya había tomado distancia. Y si les gusta, perfecto.
Es una escena sencilla, pero psicológicamente dice bastante.
Cuando intentar también significa mostrar deseo
Intentar algo nos expone de una manera particular. No solamente mostramos lo que hicimos. También dejamos ver que aquello nos importa.
Si estudié durante días para una presentación, si ensayé una canción, si escogí cuidadosamente qué ponerme o si reuní valor para acercarme a alguien, hay algo de mí involucrado ahí.
Por eso no se siente igual pensar:
que pensar:
En la segunda experiencia, el resultado y el deseo quedan juntos. Ya no parece que los demás estén evaluando únicamente una tarea.
Podemos sentir que están viendo algo más íntimo: mi entusiasmo, mi esfuerzo, mis ganas, mi deseo de pertenecer o de ser reconocido.
Y eso puede sentirse mucho más vulnerable.
“Lo hice sin esfuerzo”: una salida bastante útil
Imaginemos dos estudiantes que reciben una buena nota.
Uno dice: “Estudié muchísimo. Me alegra demasiado que haya salido bien.”
El otro responde: “Ni estudié.”
Las dos frases pueden ser verdaderas. Pero a veces la segunda cumple otra función.
Si algo parece haber salido bien sin esfuerzo, la persona obtiene reconocimiento sin tener que mostrar cuánto necesitaba ese resultado. Y si hubiera salido mal, también habría una explicación disponible:
No necesariamente hay manipulación ni inseguridad detrás. Muchas veces es simplemente una forma socialmente aprendida de reducir exposición.
El punto cambia cuando esa protección deja de ser una opción y se convierte en una regla.
Nunca debo parecer demasiado interesado.
Nunca debo mostrar que me esfuerzo.
Nunca deben darse cuenta de cuánto quiero algo.
Ahí la protección puede empezar a costar más de lo que ayuda.
¿Por qué la mirada de los demás pesa tanto?
Durante la adolescencia y los primeros años de la adultez, las relaciones con pares adquieren una importancia enorme.
La opinión de otras personas ayuda a responder preguntas que están todavía en construcción:
¿Quién soy?
¿Dónde encajo?
¿Qué cosas de mí son aceptadas?
¿Qué puedo mostrar?
¿Con quién quiero parecerme y de quién quiero diferenciarme?
Esto no significa que los adolescentes sean simplemente personas “obsesionadas con lo que otros piensan”. La pertenencia es una necesidad humana, y aprender a ubicarnos frente a los demás forma parte del desarrollo.
Lo interesante clínicamente no es preguntarnos si la opinión ajena importa. Probablemente importe.
La pregunta es: ¿qué pasa dentro de mí cuando siento que alguien me está evaluando? Y después: ¿cuánto poder tiene esa evaluación sobre lo que termino haciendo?
A veces la vergüenza aparece precisamente porque algo importa
Pensamos con frecuencia que la vergüenza significa:
Pero no siempre. También puede aparecer cuando hacemos algo significativo.
Una persona puede sentir vergüenza al bailar porque quiere disfrutar; al hablar frente a un grupo porque le importa hacerlo bien; al decirle a alguien que le gusta; o al mostrar una pintura, cantar, probar un deporte o publicar algo propio.
La emoción no necesariamente está diciendo “no hagás esto”. A veces está diciendo: “esto te expone”.
Y exposición no es lo mismo que peligro.
La dificultad es que, en el momento, el cuerpo puede no hacer una distinción tan clara. Se acelera el corazón, aparece calor, queremos mirar hacia otro lado, nos reímos o minimizamos.
Decimos: “Ay, era broma.”
Y con eso recuperamos un poquito de control.
Ahí entra el “cringe”
La palabra cringe se ha convertido en una forma muy eficiente de nombrar esa incomodidad.
Algo puede sentirse cringe porque parece exagerado, fuera de lugar, demasiado intenso o porque genera vergüenza ajena.
Pero hay algo especialmente interesante: muchas veces también llamamos cringe a alguien que está siendo demasiado sincero en su entusiasmo.
La persona que baila con demasiadas ganas.
La que se emociona mucho por algo.
La que declara abiertamente que quiere triunfar.
La que se toma en serio algo que el grupo esperaba que tratara con ironía.
Y entonces aparece una regla implícita:
Podés querer algo, pero que no se note demasiado.
Ahí el cringe deja de ser solamente una palabra graciosa. También funciona como un código social.
Nos indica qué formas de mostrarnos parecen aceptables en determinado grupo y cuáles podrían dejarnos demasiado expuestos.
El problema no es usar ironía
La ironía puede ser maravillosa. Nos permite jugar con nosotros mismos, hace más fácil entrar a una situación nueva, puede disminuir tensión y nos ayuda a compartir vulnerabilidad sin sentir que quedamos completamente abiertos frente a otra persona.
Un adolescente que dice:
antes de bailar quizá no esté evitando nada.
Puede estar generando exactamente la cantidad de seguridad que necesita para entrar.
Eso también es regulación. Eso también puede ser flexibilidad.
El punto cambia cuando todo aquello que importa necesita convertirse en chiste para poder existir.
Cuando decir “me encanta esto” se siente demasiado peligroso; cuando decir “quiero hacerlo bien” resulta insoportable; o cuando admitir “sí, practiqué muchísimo” se vive casi como una confesión.
Ahí vale la pena preguntarnos qué se vuelve tan amenazante de ser visto deseando algo.
“Era broma”: la puerta de salida
Pensemos en alguien que manda un mensaje un poco más afectuoso de lo habitual.
Lo envía. La otra persona tarda en contestar. De inmediato manda otro:
Tal vez realmente estaba bromeando.
Pero a veces el segundo mensaje cumple otra función:
retirar rápidamente la vulnerabilidad antes de saber qué hará el otro con ella.
Lo mismo puede ocurrir al expresar una opinión, coquetear, proponer un plan, mostrar entusiasmo o compartir una idea creativa.
La ironía permite acercarse y retirarse casi al mismo tiempo. Es una estrategia muy humana y no necesitamos eliminarla.
Podemos simplemente empezar a notar cuándo la usamos porque nos divierte y cuándo aparece porque permanecer expuestos durante unos segundos se siente demasiado difícil.
Hacer el ridículo a propósito cambia mucho la experiencia
Esto ayuda a entender por qué algunas tendencias juveniles aparentemente absurdas pueden resultar tan liberadoras.
Pensemos, por ejemplo, en alguien haciendo deliberadamente una pose exagerada, un baile absurdo o una “batalla de aura” .
Todo el mundo sabe que hay algo ridículo en la escena. Precisamente ahí está el juego.
La persona ya no está intentando convencer al público de que es realmente un personaje extraordinario. Está diciendo:
Eso cambia la experiencia de la vergüenza.
No es lo mismo:
que:
En la segunda situación existe agencia. La persona participa en la construcción de la escena.
Y poder elegir la exposición suele sentirse muy diferente a sentirse expuesto sin haberlo decidido.
Lo que pasa en el cuerpo también importa
Antes de que una persona alcance a pensar “tengo miedo de que me juzguen”, es posible que ya esté sintiendo algo.
- Una contracción en el pecho.
- Calor en la cara.
- La sensación de querer hacerse más pequeño.
- Tensión o risa nerviosa.
- Ganas de irse.
- La necesidad rápida de decir: “No importa.”
Por eso la vergüenza no es únicamente una historia que contamos mentalmente. También es una experiencia corporal de exposición.
El objetivo no tiene que ser lograr que el cuerpo deje de reaccionar.
Podemos sentir activación y aun así descubrir que tenemos distintas maneras de responder.
Puedo notar la vergüenza. Puedo notar las ganas de retirarme.
Y también puedo preguntarme:
Esa pequeña diferencia devuelve agencia.
Entonces, ¿cuándo deberíamos preocuparnos?
Quizá “preocuparnos” no sea siquiera la primera palabra que necesitamos.
Una pregunta más útil sería:
¿Cuánta libertad conserva esta persona?
Puede sentir vergüenza y participar, o sentirla y decidir que hoy no quiere participar. Puede mostrar entusiasmo o esconderlo alguna vez. Puede reírse de sí misma y también tomarse algo en serio. Puede querer aprobación y tolerar no recibirla siempre.
Hay movimiento. Hay alternativas.
Eso es diferente de vivir con una sola regla posible:
Cuando casi todas las decisiones empiezan a organizarse alrededor de evitar la exposición, entonces sí puede valer la pena mirar más de cerca qué está ocurriendo.
No porque la vergüenza sea patológica, sino porque la persona está perdiendo posibilidades.
Algunas de estas experiencias también pueden aparecer en la ansiedad social en adolescentes y adultos , aunque sentir vergüenza o preocuparse por la mirada ajena no significa por sí mismo tener ansiedad social.
Un adolescente no necesita dejar de importarle la opinión de los demás
A veces, con muy buena intención, un adulto responde:
Pero pensemos un momento en lo difícil que sería aplicar esa regla incluso siendo adultos.
Nos importa lo que piensa nuestra pareja, cómo nos recibe un grupo, caer bien, ser reconocidos y pertenecer.
El objetivo no es eliminar eso.
La flexibilidad se parece más a esto: puede importarme lo que piensen y aun así seguir conectado con lo que yo quiero.
Puedo querer aprobación sin necesitar conseguirla siempre. Puedo sentir vergüenza sin convertirla automáticamente en una orden. Puedo escuchar la opinión de otros sin permitir que sea la única voz disponible.
Eso es muy diferente a intentar convertirse en alguien inmune a los demás.
¿Cómo acompañar sin hacer todavía más grande la vergüenza?
Supongamos que su hija quiere ir a una actividad, pero a último momento dice:
Una respuesta posible sería:
Quizá funcione. Pero también puede sentirse como si nadie hubiera entendido qué está pasando.
Podría ser más interesante preguntar:
¿Qué es lo que más te da pena: hacerlo mal o que te vean intentándolo?
Si nadie pudiera grabarlo ni comentarlo después, ¿te darían ganas de hacerlo?
¿Hay una parte de vos que sí quiere ir?
No son preguntas para convencerla. Son preguntas para ayudarla a distinguir.
Porque muchas veces dentro de la misma persona existen las dos cosas:
“Quiero hacerlo.”
y
“No quiero sentir esta exposición.”
No tenemos que obligarla a escoger inmediatamente una y eliminar la otra. Ambas pueden estar. Y desde ahí puede decidir.
En el acompañamiento psicológico de adolescentes , comprender esa experiencia interna puede ser mucho más útil que intentar corregir inmediatamente la conducta visible.
La diferencia entre protegernos y desaparecer
Todos necesitamos estrategias para protegernos socialmente. Medimos lo que contamos, elegimos con quién somos vulnerables, a veces hacemos un chiste, a veces nos retiramos y otras decidimos que un grupo no es suficientemente seguro para mostrarnos.
Eso también puede ser saludable.
Pero existe una diferencia entre proteger una parte sensible y tener que esconderla siempre.
Si nunca muestro entusiasmo, las personas tampoco pueden conocer aquello que realmente me entusiasma. Si nunca admito que algo me importa, tampoco puedo compartir plenamente esa experiencia.
Y si siempre aparento que nada me afecta, puedo terminar sintiéndome protegido, pero también bastante solo.
La protección puede ayudarnos a permanecer conectados. Cuando se vuelve demasiado rígida, a veces termina haciendo exactamente lo contrario.
Tal vez crecer también sea tolerar que se note
Hay algo muy vulnerable en permitir que otros vean nuestro esfuerzo, porque el esfuerzo revela deseo.
Dice:
Y una vez que alguien sabe eso, ya no podemos controlar completamente qué hará con la información.
Puede valorarla, ignorarla, reírse, responder con ternura o simplemente no entender.
Eso es parte de estar en relación con otras personas.
Por eso quizás una parte importante del crecimiento no consista en dejar de sentir vergüenza.
Tal vez consista en poder sentirla y descubrir:
“No necesito desaparecer.”
“No necesito fingir que nada me importa.”
“Puedo estar intentando y seguir estando bien aunque alguien lo note.”
Porque intentar nunca garantiza el resultado.
Pero pasar la vida intentando que nadie descubra aquello que deseamos también tiene un costo.
A veces, para acercarnos a algo que importa, tenemos que permitir que se note un poquito que nos importa.
