“Batallas de aura”: qué hay detrás del fenómeno que reúne a jóvenes en Costa Rica
Una tendencia que llegó hasta estudiantes de la UCR parece, a primera vista, un juego extraño de movimientos con las manos. Pero también permite observar cómo los jóvenes usan el humor, el cuerpo, la pertenencia y la mirada de los demás para relacionarse.
Por MPsc. Evelyn Zúñiga Martínez · Psicóloga clínica · Clínica Casa Bienestar · Costa Rica ·
Dos estudiantes se colocan frente a frente. Uno mueve lentamente las manos como si sostuviera algo invisible. El otro responde con otro movimiento. Alrededor, otros jóvenes observan, ríen, celebran y reaccionan.
No están peleando. Tampoco están intentando manipular ningún tipo de energía.
Están participando en una “batalla de aura”, una tendencia que se ha extendido por redes sociales y que recientemente también reunió a estudiantes en el Pretil de la Universidad de Costa Rica (UCR).
Para muchas personas adultas, la primera reacción probablemente sea:
Pero quizás haya otra pregunta más interesante:
Desde la psicología, comprender una conducta no significa buscar inmediatamente qué tiene de problemático. También implica preguntarnos qué función cumple, qué necesidad puede estar expresando, qué posibilidades abre y cómo la vive la persona que participa en ella.
En este caso, la respuesta tiene menos que ver con los movimientos en sí y mucho más con algo profundamente humano: jugar, pertenecer, ser visto por los demás y experimentar con quién queremos ser.
¿Qué significa “tener aura”?
En el lenguaje que se ha popularizado principalmente entre adolescentes y jóvenes, “tener aura” significa aproximadamente tener presencia, carisma, seguridad, estilo o una manera especialmente llamativa de hacer algo.
Alguien puede “ganar aura” después de hacer algo impresionante. También puede “perder aura” después de una situación incómoda o vergonzosa.
En redes sociales incluso aparecen bromas como “+1000 puntos de aura” o “perdió toda el aura”.
Los puntos, por supuesto, no existen. Ese absurdo es precisamente parte del chiste.
La expresión convierte pequeñas situaciones sociales en una especie de videojuego imaginario en el que el prestigio sube o baja dependiendo de cómo alguien se comporte.
De ahí surge también la expresión inglesa aura farming: hacer algo con tanta tranquilidad, seguridad o estilo que pareciera que la persona está “cultivando” o acumulando aura.
¿De dónde salen esos movimientos con las manos?
Uno de los momentos que llevó el fenómeno a una audiencia internacional ocurrió en Indonesia.
Durante el Pacu Jalur, una tradicional competencia de embarcaciones, el joven Rayyan Arkan Dikha llamó la atención mundial al aparecer bailando sobre la parte delantera de una embarcación mientras avanzaba la carrera.
Mientras los remeros avanzaban detrás de él, Rayyan mantenía una expresión tranquila y realizaba movimientos controlados con sus manos y brazos.
El contraste era especialmente llamativo: alrededor había velocidad, coordinación y esfuerzo, mientras él parecía moverse con absoluta tranquilidad.
Internet convirtió esa escena en una referencia del llamado aura farming.
El baile empezó a ser recreado en distintos lugares y se mezcló con otros movimientos, referencias a videojuegos, anime, memes y performances creadas directamente en redes sociales.
Por eso algunas de las actuales batallas de aura pueden parecer escenas donde dos personas manipulan una energía invisible.
Pero lo interesante no son realmente las manos
Desde una perspectiva psicológica, lo más importante probablemente no sea entender exactamente qué significa cada movimiento.
Lo interesante es observar lo que ocurre entre las personas mientras juegan. Hay alguien que se expone, un público, expectativa y una respuesta. Aparecen risas, reconocimiento, complicidad e improvisación.
Y todas las personas que participan entienden, al menos parcialmente, el código.
Esto conecta con una característica especialmente importante de la adolescencia y la adultez joven: la creciente relevancia que adquieren los pares y la percepción de cómo somos vistos por ellos.
¿Quién soy frente a los demás?
¿Dónde pertenezco?
¿Cómo quiero que me vean?
¿Qué comparto con las personas de mi generación?
Esas preguntas no son nuevas. Lo nuevo son las formas en que cada generación las responde.
Además, una conducta externa puede parecer igual en dos personas y, sin embargo, tener significados completamente distintos.
Un joven puede participar porque le divierte, porque disfruta sentirse parte del grupo y porque puede retirarse cuando quiera. Otro podría sentir que necesita participar para no quedar fuera o para proteger su lugar frente a los demás.
La conducta puede parecer la misma desde afuera; la experiencia interna puede ser completamente diferente.
Jugar a ser otra versión de uno mismo
Existe además otro componente interesante.
Durante unos segundos, quien participa puede interpretar a un personaje extremadamente seguro, misterioso, poderoso o exageradamente tranquilo. Puede hacer movimientos dramáticos, sostener la mirada y actuar como si estuviera protagonizando una batalla extraordinaria.
Y después simplemente salir del personaje.
Ese juego permite algo psicológicamente valioso: probar formas de expresarse sin tener que afirmar que realmente somos así todo el tiempo.
No necesariamente significa:
Puede significar:
La diferencia es importante. El juego permite experimentar con partes de la identidad dentro de un contexto relativamente protegido.
Durante la adolescencia y la adultez joven, ese ensayo puede formar parte de algo muy cotidiano: probar maneras de mostrarse, observar cómo se sienten y descubrir cuáles resultan propias y cuáles no.
En nuestro trabajo psicológico con adolescentes , esta distinción es importante: no se trata únicamente de observar una conducta, sino de comprender qué ocurre para esa persona mientras la realiza.
Hacer el ridículo también puede cambiar la experiencia de la vergüenza
Quizás aquí aparece uno de los elementos psicológicos más interesantes de toda la tendencia.
Muchos jóvenes saben perfectamente que esos movimientos pueden parecer absurdos. El público también lo sabe. Y precisamente por eso funcionan.
Hacer algo ridículo deliberadamente puede sentirse menos vergonzoso que intentar seriamente impresionar a los demás.
La vergüenza social no es solamente “sentir pena”. Muchas veces incluye la experiencia de estar expuesto frente a la mirada de otra persona: me están viendo, me pueden evaluar y aquello que vean podría afectar cómo siento mi lugar frente a los demás.
Cuando una persona intenta verse extremadamente interesante y los demás no reaccionan bien, puede sentirse expuesta.
Pero si exagera deliberadamente esa intención, aparece una especie de salida: “Todos sabemos que estoy jugando.”
El humor crea distancia. Permite exponerse sin quedar completamente identificado con lo que se está haciendo.
Puedo ser visto sin tener que exponerme completamente.
Eso no significa necesariamente que el joven esté “evitando” algo o que exista un problema detrás del juego.
La misma conducta puede contener humor, creatividad, exploración, regulación y pertenencia al mismo tiempo.
Por eso conceptos como cringe, “tener aura” o “perder aura” pueden decir mucho acerca de una generación que está constantemente negociando algo complejo:
querer ser vista sin parecer que está intentando demasiado ser vista.
La pertenencia también se siente en el cuerpo
Las batallas de aura no son únicamente una idea o una broma que se comprende intelectualmente. Son también una experiencia corporal.
Hay postura, movimiento, ritmo, mirada, distancia entre las personas, expresión facial y reacción del grupo.
Quien participa no solamente piensa si pertenece. También puede sentir corporalmente cómo está siendo recibido.
El cuerpo registra cuando un gesto obtiene respuesta, cuando otras personas ríen con nosotros y no de nosotros, cuando podemos ocupar espacio sin sentir que necesitamos desaparecer o cuando alguien responde a lo que hacemos.
La pertenencia no es únicamente una idea que pensamos. También es una experiencia que el cuerpo registra.
Por eso una actividad aparentemente simple puede generar una experiencia social intensa: exposición, expectativa, respuesta y alivio pueden ocurrir en pocos segundos.
Cuando internet sale de la pantalla
Otro aspecto particularmente interesante de las batallas de aura es que hacen el recorrido contrario al que normalmente asociamos con las redes sociales.
Solemos imaginar a los jóvenes aislados frente a una pantalla. Aquí ocurre algo diferente.
Un código que circuló digitalmente termina convirtiéndose en una actividad presencial. Los jóvenes se encuentran físicamente, se mueven, improvisan, se observan, ríen y reaccionan unos a otros.
Una tendencia digital termina transformándose en juego corporal y experiencia compartida.
Y la experiencia no es construida solamente por quien participa. El grupo también la crea.
Una persona hace un gesto, los demás reaccionan, otra responde y el juego continúa. Hay reciprocidad, sincronía, creatividad colectiva y complicidad.
Esto es importante porque evita reducir el fenómeno a la idea de que “los jóvenes necesitan validación”.
Puede existir búsqueda de reconocimiento, por supuesto, pero también puede existir simplemente juego social, conexión y construcción compartida de una experiencia.
Internet no existe completamente separado de la vida social de adolescentes y jóvenes. Muchas veces funciona como un espacio donde se crean códigos que después pasan a conversaciones, amistades, aulas, universidades y encuentros presenciales.
Los jóvenes también necesitan códigos que los adultos no comprendan del todo
Cada generación desarrolla palabras, gestos, estilos y bromas que resultan extrañas para quienes vienen detrás o delante de ella.
Eso también cumple una función social.
Para un grupo, comprender la referencia crea pertenencia. Quien conoce el meme entiende cuándo reírse, reconoce el movimiento, sabe qué significa “perder aura” y comprende por qué una escena resulta graciosa.
No es demasiado diferente de lo que ocurrió con expresiones, canciones, bailes o formas de vestir de generaciones anteriores.
La diferencia actual es la velocidad.
Un gesto que nace o se viraliza en otro continente puede aparecer poco después entre jóvenes costarricenses.
¿Hay algo preocupante en todo esto?
No necesariamente.
Una batalla de aura puede ser simplemente lo que parece desde dentro del grupo: un juego compartido.
Puede incluir creatividad, movimiento, improvisación, humor, exposición social, pertenencia e interacción con otras personas.
No existe razón para convertir automáticamente una tendencia juvenil en un problema psicológico.
Sin embargo, el concepto de “aura” sí permite abrir una conversación interesante sobre algo más amplio:
Ahí está una diferencia importante.
Una cosa es jugar a ganar o perder puntos de aura. Otra muy distinta es sentir que tengo que organizar permanentemente mi comportamiento para no perderlos.
¿Cuándo deja de ser solamente juego?
El punto no es cuántas veces un adolescente habla de aura, cuánto utiliza redes sociales o cuánto le importa la opinión de sus amigos.
Una pregunta más útil es: ¿cuánto espacio de elección conserva?
- ¿Puede participar y también decidir no hacerlo?
- ¿Puede equivocarse y recuperarse?
- ¿Puede intentar algo aunque exista la posibilidad de no verse perfecto?
- ¿Puede sentir vergüenza sin necesitar desaparecer o evitar completamente?
- ¿Puede querer aprobación sin que obtenerla se convierta en una condición para sentirse valioso?
La flexibilidad no significa que al adolescente deje de importarle lo que piensan los demás.
Significa que esa mirada puede importarle sin determinar por completo lo que hace, siente o piensa de sí mismo.
Cuando existen distintas posibilidades de respuesta, hay mayor flexibilidad.
Cuando todas las decisiones empiezan a organizarse alrededor de evitar rechazo, vergüenza o pérdida de pertenencia, puede ser útil preguntarnos qué está necesitando esa persona y cómo está viviendo internamente esas experiencias.
Esto puede relacionarse con experiencias que también aparecen en la ansiedad social en adolescentes y adultos , aunque sentir vergüenza, preocuparse por la opinión de los pares o participar en estas dinámicas no significa por sí mismo tener ansiedad social.
Nuevamente, el objetivo no sería etiquetar el comportamiento como problemático, sino comprender qué función está cumpliendo y cuánto margen de elección conserva la persona frente a él.
Tal vez la pregunta adulta más útil sea otra
Cuando aparece una tendencia nueva, especialmente una que parece absurda desde fuera, puede surgir rápidamente una reacción como:
Una respuesta descalificadora puede cerrar rápidamente la conversación.
La curiosidad, en cambio, abre otra posibilidad:
No necesitamos comprender completamente un código ni compartirlo para interesarnos por lo que significa para quien sí participa de él.
Comprender sus memes no significa imitarlos. Tampoco significa que los adultos deban comenzar a hablar de puntos de aura.
Significa reconocer que esos códigos forman parte del mundo social en el que están creciendo.
Una misma conducta puede ser juego, exploración, pertenencia, protección frente a la vergüenza o varias cosas a la vez.
Para comprender a un adolescente no basta con observar qué hace. También necesitamos preguntarnos qué ocurre en él mientras lo hace y cuánta libertad conserva para responder de distintas maneras.
Porque detrás de dos jóvenes que parecen lanzar energía invisible con las manos puede haber algo muchísimo menos extraño de lo que pensamos: el deseo de jugar, ser visto, probar quién se puede ser y encontrar un lugar donde pertenecer.
Y probablemente esas necesidades sean mucho más universales que cualquier tendencia de internet.
