A veces un meme puede decir “pensé en vos”, “esto me pasa”, “te extraño” o “necesito que entendás algo” sin tener que explicarlo directamente. ¿Estamos evitando hablar de lo que sentimos o también hemos encontrado otra manera de comunicarnos?
Por MPsc. Evelyn Zúñiga Martínez · Psicóloga clínica · Clínica Casa Bienestar · Costa Rica
Una amiga te manda un meme sobre estar agotada y escribe solamente: “Yo.” Tu pareja te envía un video de dos personas abrazándose y agrega: “Literal nosotros.” Alguien recibe una imagen sobre querer desaparecer después de una reunión incómoda y responde: “JAJAJA, sí.”
No hubo una gran conversación. Nadie dijo directamente “hoy me siento sobrepasada”, “te extraño”, “me sentí incómodo” o “necesitaba que alguien entendiera esto”. Y, sin embargo, algo sí se comunicó.
A veces un meme parece una tontería que enviamos mientras hacemos otra cosa. Pero también puede convertirse en una forma pequeña y bastante sofisticada de decir “pensé en vos”, “esto me pasa”, “sé que vas a entender” o “no sé cómo explicarlo, pero se parece a esto”.
Quizá no siempre tiene sentido preguntarnos por qué una persona manda un meme en lugar de hablar de lo que siente. En muchas ocasiones, el meme ya forma parte de esa conversación.
Un meme puede decir varias cosas al mismo tiempo
Pensemos en alguien que atraviesa una semana difícil. Podría escribirle a una amiga: “Estoy cansada, frustrada, siento que todo me está superando y necesito que alguien me acompañe un rato”.
Pero encuentra un meme de una persona acostada en el piso mientras todo alrededor parece estar en llamas. Se lo manda y escribe: “Mi semana.”
La amiga responde casi inmediatamente: “JAJAJA. Vení, tomamos café.”
Es posible que el meme haya comunicado algo que una frase literal habría tardado mucho más en construir. No solo dijo “estoy cansada”. También pudo transmitir “esto se siente absurdo”, “necesito que te riás conmigo”, “no quiero entrar todavía en una conversación demasiado seria” y, al mismo tiempo, “sí quiero que sepas cómo estoy”.
La comunicación humana nunca ha ocurrido únicamente mediante definiciones precisas. Usamos tono de voz, silencios, miradas, metáforas, canciones, gestos y bromas. En la comunicación digital, donde muchas de esas señales cambian o desaparecen, hemos incorporado otros recursos: emojis, GIFs, stickers, videos y memes.
“Te lo mandé porque sabía que vos lo ibas a entender”
Hay memes que no le mandaríamos a cualquiera. Tal vez vemos uno y pensamos inmediatamente en una persona específica, no porque sea objetivamente el meme más gracioso del mundo, sino porque existe una historia compartida.
Puede recordar un viaje, una conversación, una pelea antigua de la que ahora podemos reírnos, una serie que vimos juntos o una manera muy particular de reaccionar cuando estamos cansados. Entonces el meme deja de ser simplemente contenido y se convierte en una especie de código.
Comprender ese código puede generar una experiencia muy sencilla pero emocionalmente importante: “vos me entendés”.
Un estudio publicado en 2025 en Social Media + Society, con 1.000 participantes, analizó específicamente el acto de compartir memes como una forma de interacción social digital. Sus resultados apoyan la idea de que determinados tipos de intercambio de memes pueden relacionarse con vínculos sociales cercanos y con el capital social construido en línea.
Esto no significa que enviar memes produzca automáticamente bienestar. Sí sugiere que compartirlos puede formar parte de las pequeñas conductas mediante las cuales mantenemos y señalamos una relación.
Por eso no importa solamente cuál meme se envía. También importa quién lo envía, a quién y qué existe entre esas dos personas.
Un mismo meme puede no significar nada para alguien y ser profundamente gracioso, afectuoso o incluso conmovedor para otra persona.
A veces es más fácil reconocer una emoción que explicarla
No siempre sabemos inmediatamente qué estamos sintiendo. A veces primero aparece una sensación difícil de ordenar: una mezcla de tristeza, enojo, cansancio, vergüenza o simplemente la impresión de que algo no está bien.
Y entonces vemos una imagen, un video o una frase y pensamos: “Eso.”
Ese reconocimiento puede ser importante porque encontrar algo externo que se parece a nuestra experiencia puede ayudarnos a empezar a organizarla. Tal vez todavía no sabemos explicar exactamente qué ocurre, pero encontramos una primera aproximación.
Estudios sobre memes vinculados con experiencias de salud mental han explorado precisamente la posibilidad de que algunas imágenes humorísticas permitan reconocer o representar experiencias internas difíciles de verbalizar. Esto no significa que un meme sustituya una conversación ni que produzca un efecto terapéutico por sí mismo.
Lo que sí nos permite considerar es algo más sencillo: a veces puede convertirse en una puerta de entrada a las palabras.
El humor puede bajar un poco el volumen
Hay temas que se sienten demasiado intensos cuando se dicen de frente: “estoy sola”, “estoy agotado”, “me siento rechazado”, “tengo miedo”, “necesito ayuda”.
Decir algo así directamente puede sentirse como quedar completamente expuesto. Entonces aparece el humor. No necesariamente para negar lo que ocurre, sino a veces para poder acercarnos sin entrar de golpe.
Una persona manda un meme sobre ansiedad, se ríe y, unos minutos después, dice:
“Pero hablando en serio, últimamente sí me está pasando mucho.”
El humor no necesariamente eliminó la emoción. Puede haber ayudado a hacerla un poco más tolerable, creando suficiente espacio para permanecer cerca de ella.
Esto importa porque solemos interpretar el humor demasiado rápido. Si alguien se ríe de algo difícil, podemos concluir que está evitando. A veces puede ser así, pero no necesariamente.
El humor también puede ayudar a recuperar perspectiva, compartir tensión, generar complicidad o hacer posible una conversación que de otro modo resultaría demasiado intensa.
La pregunta clínica no sería simplemente “¿está usando humor?”, sino “¿qué está permitiendo ese humor en este momento?”
Acercarse sin quedar completamente expuesto
Imaginemos a alguien que extraña a otra persona. Escribir “te extraño” puede sentirse bastante directo. Implica mostrar deseo y, además, abrir una incertidumbre: ¿qué va a hacer el otro con eso?
En cambio, encuentra un meme sobre dos personas que llevan días sin verse y lo envía. La otra responde con un corazón. Tal vez todavía no dijeron explícitamente “te extraño”, pero hubo un movimiento hacia el vínculo.
La primera puede ser una estrategia flexible. La segunda puede empezar a limitarnos. Y esa distinción cambia por completo la forma de entender la conducta.
“Era solo un meme”
El meme también puede permitir mostrar algo mientras conserva una pequeña puerta de salida. Si la otra persona responde bien, podemos acercarnos más. Si responde de una manera que nos hace sentir expuestos, siempre queda la posibilidad de decir: “Jajaja, era solo un meme.”
Eso reduce riesgo. No necesitamos interpretar esta estrategia automáticamente como un problema. Todos regulamos cuánto mostramos, con quién lo hacemos y en qué momento. No toda vulnerabilidad tiene que ser total ni inmediata.
La pregunta sería: ¿puedo elegir cuánto mostrar o necesito esconder siempre cualquier emoción importante detrás de algo que parezca broma?
Ahí aparece nuevamente la flexibilidad.
El contenido literal no siempre explica lo que está pasando
Esto se vuelve especialmente importante cuando observamos la comunicación de otras personas. Un padre puede ver que su hijo manda memes oscuros y pensar inmediatamente que algo grave está ocurriendo. Una pareja puede recibir un meme sarcástico y asumir que existe enojo. Un amigo puede interpretar una imagen absurda como indiferencia.
Pero el contenido literal no siempre explica su función. Un meme triste puede producir risa. Uno aparentemente agresivo puede formar parte de un código afectuoso entre amigos. Uno ligero puede estar diciendo algo bastante serio. Y uno sobre agotamiento puede ser simplemente gracioso o convertirse en una forma indirecta de decir: “Necesito que notes que no estoy bien.”
Por eso comprender la comunicación digital requiere contexto. No basta con mirar la imagen.
¿Quién la envía?
¿A quién?
¿Qué estaba ocurriendo antes?
¿Qué tipo de respuesta parece buscar?
¿Qué ocurre después?
“No hablamos mucho, pero nos mandamos cosas todo el día”
Hay relaciones donde una buena parte del contacto ocurre así: un video en la mañana, un meme al mediodía, una foto absurda, un sticker o una referencia a una conversación de hace tres años.
Desde afuera puede parecer que “no están hablando”. Pero dentro de esa relación quizá existe una conversación continua: “estoy acá”, “me acordé de vos”, “esto pertenece a nuestro mundo”.
Las relaciones también se construyen mediante pequeños actos repetidos de reconocimiento. No todas las expresiones de afecto necesitan tener la forma de una conversación profunda.
A veces compartir algo que sabemos que hará reír a la otra persona es una pequeña conducta de cuidado. Y esas pequeñas conductas también pueden ayudar a sostener un vínculo.
El problema no es comunicarnos con memes
Tenemos que tener cuidado con convertir cada cambio cultural en una historia de deterioro: “antes la gente hablaba”, “ahora nadie sabe comunicarse”, “todo el mundo solo manda memes”.
Probablemente la realidad sea bastante más compleja. Los seres humanos siempre hemos creado códigos: chistes internos, apodos, canciones, frases, miradas y referencias que solo algunas personas entienden. Los memes forman parte de esa misma capacidad de construir significado compartido, solo que dentro de un contexto tecnológico diferente.
Por eso quizá no necesitamos empezar preguntándonos: “¿Cómo hacemos para que deje de mandar memes y diga lo que siente?”
Podríamos preguntar primero: “¿Qué está diciendo mediante eso?”
Quizá después aparezcan palabras. Quizá en algunas situaciones no sean necesarias. Y otras veces sí serán importantes.
Cuando el meme abre posibilidades
Pensemos en una persona que puede mandar un meme porque le hace gracia, utilizar otro para decir indirectamente que está pasando por algo, recibir una respuesta y después agregar: “Por cierto, te lo mandé porque en serio me he sentido así.”
Puede moverse entre distintos niveles de exposición.
Ahora pensemos en otra situación. Cada vez que aparece una emoción vulnerable, la persona la transforma inmediatamente en humor. Si alguien pregunta cómo está, responde “JAJA, todo mal”. Si una conversación se vuelve seria, manda un meme. Si necesita algo, hace una broma. Si alguien responde con cuidado, vuelve a bromear.
Aquí el problema sigue sin ser el meme. El punto es que el repertorio se ha ido haciendo pequeño. Ya no existe mucha posibilidad de elegir otra respuesta.
Y entonces sí puede ser útil preguntarnos qué se vuelve tan difícil de mostrar directamente.
Un meme no es “sano” o “no sano” por sí mismo
En psicología podemos caer fácilmente en clasificaciones demasiado simples: esto regula, esto evita, esto es saludable, esto no.
Pero una misma conducta puede cumplir funciones diferentes incluso para la misma persona en momentos distintos. Hoy mando un meme porque me hace reír. Mañana porque quiero acercarme. Otro día porque todavía no puedo explicar algo. Y alguna vez quizá porque no quiero entrar en contacto con una emoción que se siente demasiado intensa.
Nada de eso puede saberse solamente mirando la pantalla.
Una pregunta mucho más útil sería: ¿qué hace posible este meme en esta relación y en este momento?
¿Me acerca?
¿Me permite sentirme comprendido?
¿Me ayuda a empezar a decir algo?
¿Me da un poco de espacio?
¿Me permite jugar?
¿Me protege?
¿O se ha convertido en la única manera desde la que puedo mostrar ciertas partes de mí?
Algo parecido ocurre con otras formas contemporáneas de humor y exposición. En nuestro artículo sobre las batallas de aura exploramos cómo una conducta aparentemente absurda puede cumplir funciones relacionadas con juego, pertenencia, exposición y agencia.
A veces entender el meme es entender un poquito a la persona
Tal vez alguien te manda una imagen completamente absurda y vos te reís. Puede parecer que no pasó nada importante.
Pero quizá esa persona acaba de comprobar algo muy pequeño: “todavía tenemos el mismo código”, “todavía puedo venir acá”, “todavía me entendés”.
Y eso también forma parte de la vida emocional.
No todas nuestras emociones necesitan llegar en forma de una declaración clara, perfectamente organizada y profundamente reflexiva.
A veces llegan como una canción, una foto, un sticker, un “mirá esto” o un meme enviado a las once de la noche con una sola frase:
“Somos.”
Y quizá, antes de preguntarnos por qué alguien no dijo más, vale la pena reconocer todo lo que ya estaba intentando decir.
Investigación consultada
Luo, Y. & Ng, Y.-L. (2025). Investigación sobre intercambio de memes, estilos de humor, capital social digital y bienestar. Social Media + Society .
Akram, U. y colaboradores. Investigación exploratoria sobre memes relacionados con depresión, identificación emocional y regulación. Consultar estudio .
Akram, U. y colaboradores (2021). Investigación sobre memes vinculados con experiencias de ansiedad y afrontamiento durante COVID-19. Scientific Reports .
