Cuando un berrinche no es solo un berrinche: un viaje para comprender qué está pasando por dentro
A veces un niño explota por algo que parece muy pequeño. Sin embargo, la conducta que observamos puede ser solamente el último momento de una secuencia que comenzó mucho antes. Comprender un berrinche implica mirar frustración, funciones ejecutivas, cuerpo, necesidades, ansiedad, saturación, aprendizaje y desarrollo.
Psicóloga clínica · Máster en Estimulación Temprana · Formación clínica acreditada en ADOS-2.
Desarrollo infantil, regulación emocional, TDAH, TEA, neurodesarrollo y orientación a madres, padres y cuidadores.
Ver perfil profesional de Stephanie¿Por qué mi hijo hace berrinches o explota por cosas pequeñas?
Un berrinche puede aparecer simplemente porque un niño se frustró y todavía está desarrollando habilidades para tolerar límites, esperar o cambiar de plan. Pero también puede estar influido por funciones ejecutivas, cansancio, ansiedad, saturación sensorial, dificultad para reconocer o expresar necesidades, irritabilidad, aprendizaje conductual, estrés o características del neurodesarrollo.
La conducta visible no explica por sí sola su causa. Para comprenderla necesitamos reconstruir qué ocurrió antes, qué habilidad necesitaba el niño, qué sucedió después y cómo consiguió recuperarse.
El berrinche puede ser el último minuto de una historia que comenzó mucho antes
Imagine una niña que llega de la escuela. Su mamá le pide que se cambie de ropa porque deben volver a salir.
La niña responde: “¡No!”
La mamá insiste y, pocos minutos después, la niña llora y grita:
“¡Nunca me escuchan!”
La conversación parecía ser únicamente sobre cambiarse de ropa.
Pero quizá esa niña llevaba varias horas:
- siguiendo instrucciones;
- esperando turnos;
- haciendo esfuerzo académico;
- adaptándose a diferentes actividades;
- manejando ruido y movimiento;
- relacionándose con compañeros;
- controlando impulsos;
- postergando necesidades.
Tal vez llegó con hambre.
Quizá intentó contar algo al llegar y sintió que nadie la escuchó.
Después recibió una nueva demanda.
Cambiarse de ropa pudo ser el último elemento de una cadena, no necesariamente la explicación completa.
1. Frustración: “Esto no salió como esperaba”
Aprender a tolerar frustración implica, progresivamente, aceptar un “no”, esperar, perder, equivocarse, abandonar una actividad agradable y adaptarse cuando las cosas cambian.
Los berrinches son frecuentes durante etapas tempranas del desarrollo y sus características cambian con la edad. La frecuencia, duración, intensidad, recuperación y presencia de conductas como agresión aportan información diferente.
Daniel pierde un juego. Dice: “¡No vale!”, tira las cartas y comienza a llorar.
Aquí puede existir una capacidad todavía en desarrollo:
tolerar la frustración sin que la emoción termine controlando completamente la conducta.
La pregunta no es únicamente: “¿Se frustra?”
Todos nos frustramos.
La pregunta más útil es:
“¿Qué ocurre cuando aparece la frustración y qué recursos tiene para manejarla?”
Para profundizar específicamente en acompañamiento emocional puede consultar Rabietas y regulación emocional en la infancia .
2. Funciones ejecutivas: “Sé lo que tengo que hacer, pero no siempre consigo hacerlo”
Hay momentos en los que madres y padres pueden sentirse agotados:
“Pero si ya sabe.”
“Se lo expliqué ayer.”
“Cuando está tranquilo me dice exactamente lo que debería hacer.”
Y puede ser cierto.
El niño sí sabe.
Pero conocer una regla y conseguir utilizarla en el momento adecuado no son exactamente el mismo proceso.
Las funciones ejecutivas permiten dirigir la conducta hacia un objetivo. Entre sus componentes centrales se encuentran el control inhibitorio, la memoria de trabajo y la flexibilidad cognitiva.
Nos ayudan a:
- detener un impulso;
- mantener una instrucción en mente;
- iniciar una tarea;
- organizar pasos;
- cambiar de estrategia;
- abandonar una actividad;
- esperar;
- adaptarnos cuando un plan cambia.
“Ve a cepillarte los dientes” parece una instrucción sencilla
Para un adulto, probablemente.
Para un niño puede implicar:
Una frase aparentemente sencilla puede contener una pequeña cadena ejecutiva.
Un padre dice: “Ve a cepillarte”.
Cinco minutos después: “¿No te dije que fueras?”
Y el niño sigue jugando.
En algunas situaciones habrá oposición. En otras conviene preguntarse:
¿se trabó al detenerse, recordar, iniciar, organizar o cambiar de actividad?
“Sabía que no tenía que pegar”
Después de una explosión un niño puede decir:
“Yo sabía que no debía hacerlo.”
La agresión necesita detenerse y requiere límites.
Pero esa frase aporta información.
Quizá el problema no era desconocer la regla, sino acceder suficientemente rápido a ella cuando la activación era muy elevada.
Parte del trabajo consiste en reducir progresivamente la distancia entre lo que el niño sabe y lo que consigue hacer cuando realmente necesita utilizarlo.
Si existen dudas persistentes sobre atención, impulsividad y funciones ejecutivas, puede ser útil conocer cómo se realiza una evaluación de TDAH en Costa Rica .
3. Saturación: cuando “la última gota” parece demasiado pequeña
Algunas rabietas parecen comenzar por algo diminuto.
Una cuchara.
Los zapatos.
Una pregunta.
Que alguien movió un juguete.
Pero cuando reconstruimos el día completo aparece otra historia.
Un niño pudo:
- levantarse temprano;
- pasar varias horas en la escuela;
- concentrarse durante mucho tiempo;
- participar en un recreo ruidoso;
- manejar interacciones sociales;
- regresar en tráfico;
- llegar con hambre;
- realizar tareas;
- recibir varias instrucciones.
En la noche descubre que su vaso favorito está sucio.
Y explota.
El adulto piensa:
“¿Todo esto por un vaso?”
Pero el vaso puede haber sido simplemente:
la última demanda sobre un sistema que ya tenía muy pocos recursos disponibles.
Saturación sensorial: cuando el ambiente exige demasiado
Algunos niños experimentan determinados estímulos con especial intensidad:
- ruido;
- luces;
- calor;
- olores;
- ciertas prendas;
- etiquetas;
- contacto físico;
- multitudes;
- muchas conversaciones simultáneas;
- determinadas texturas o alimentos.
Las diferencias sensoriales pueden formar parte del perfil de un niño autista, pero no son exclusivas del autismo y deben interpretarse dentro de un patrón de desarrollo más amplio.
Una niña entra a una actividad familiar.
Hay música. Personas hablando. Niños corriendo. Alguien la abraza inesperadamente.
Después le preguntan varias veces: “¿Por qué estás tan callada?”
La comida es diferente de la habitual.
Finalmente alguien le dice: “Salude bien”.
La niña rompe a llorar.
Desde afuera podría parecer: “Hizo un berrinche porque no quiso saludar”.
Pero puede ser más útil preguntarnos:
¿cuánto llevaba procesando su sistema antes de llegar a ese punto?
4. Reconocer necesidades: “Algo me pasa, pero todavía no sé qué”
Hay una habilidad que muchas veces los adultos damos por sentada:
saber qué necesitamos.
Incluso para nosotros puede ser difícil.
Podemos estar irritables durante horas y después descubrir:
“No había comido.”
“Estoy agotada.”
“En realidad me sentí herido.”
Para un niño puede ser todavía más complejo.
Antes de decir: “Necesito descansar”, necesita notar que está cansado.
Antes de decir: “Ese lugar me está saturando”, necesita percibir las señales que aparecen en su cuerpo.
La interocepción se refiere a la percepción e interpretación de señales internas del organismo.
Se investiga como uno de los procesos potencialmente relacionados con regulación emocional. Sin embargo, la evidencia infantil todavía es limitada, por lo que no debería utilizarse como explicación aislada de un berrinche o una conducta intensa.
Cuando “¿qué te pasa?” es una pregunta demasiado grande
Un padre ve a su hijo claramente alterado.
Pregunta: “¿Qué te pasa?”
El niño responde: “Nada”.
El adulto insiste.
Finalmente aparece: “¡NO SÉ!”
A veces “no sé” significa exactamente eso.
Para responder esa pregunta el niño necesita:
- notar señales internas;
- diferenciarlas;
- identificar una emoción o necesidad;
- organizar la experiencia mentalmente;
- encontrar palabras;
- sentirse suficientemente seguro para expresarlas.
5. Expresar necesidades: cuando la conducta aparece antes que las palabras
Reconocer una necesidad y comunicarla son habilidades diferentes.
Un niño podría necesitar decir:
- “No entendí.”
- “Necesito ayuda.”
- “Quiero un rato contigo.”
- “Necesito que no me hablen por unos minutos.”
- “Me siento fuera del juego.”
- “No sé cómo hacerlo.”
Pero puede terminar diciendo:
“¡No!”
“¡Déjenme!”
O puede empujar, gritar o abandonar la situación.
La conducta no siempre es una traducción exacta de la necesidad.
En determinados momentos puede convertirse en la respuesta que el niño tiene disponible ante una emoción, demanda o experiencia que todavía no sabe manejar de otra manera.
Una niña intenta contar algo mientras los adultos están ocupados.
Habla. Nadie responde.
Lo intenta nuevamente.
Alguien dice: “Un momentito”.
Finalmente la niña grita:
“¡Nunca me escuchan!”
Para el adulto la reacción puede haber parecido repentina.
Para ella pudo existir esta secuencia:
necesidad de conexión → intento de comunicar → no sentirse escuchada → segundo intento → frustración creciente → explosión.
El límite puede seguir siendo:
“No necesitamos gritarnos.”
Pero también podemos enseñar una conducta alternativa:
“Cuando necesites decirme algo importante, puedes acercarte y decir: ‘Necesito que me escuches cuando puedas’.”
Comprender no significa justificar
Comprender la necesidad no elimina la responsabilidad de desarrollar una respuesta diferente.
La hace más enseñable.
Si existen dificultades importantes para comprender o expresar lenguaje, puede ser recomendable valorar lenguaje y comunicación .
6. Ansiedad: “Necesito saber qué va a pasar”
Algunas conductas que parecen oposición pueden estar relacionadas con incertidumbre.
Un niño puede necesitar saber:
- quién lo recogerá;
- a dónde van;
- cuánto tiempo estarán;
- quién estará allí;
- qué ocurrirá después;
- si encontrará algo desconocido.
Cuando no consigue suficiente predictibilidad puede:
- preguntar repetidamente;
- irritarse;
- intentar controlar;
- negarse;
- retrasar la salida;
- llorar.
Una niña repite durante media hora: “No quiero ir”.
Llora. Se resiste a vestirse. Dice que la actividad será horrible.
Finalmente llega.
Observa durante algunos minutos, encuentra algo conocido y empieza a jugar.
Dos horas después no quiere irse.
El adulto podría pensar: “Entonces todo lo anterior fue innecesario”.
Pero quizá la dificultad principal no estaba en permanecer allí.
Estaba en:
anticipar lo desconocido + realizar la transición + tolerar no saber exactamente qué iba a ocurrir.
7. Irritabilidad: ¿qué ocurre entre los berrinches?
No es lo mismo tener un episodio intenso de enojo que permanecer irritable gran parte del tiempo.
La investigación distingue entre:
- irritabilidad fásica: estallidos o episodios de enojo;
- irritabilidad tónica: estado de ánimo irritable más persistente entre episodios.
Estas dimensiones pueden distinguirse incluso desde etapas tempranas y ofrecen información clínica diferente.
¿Está tranquilo y disponible la mayor parte del tiempo?
¿O permanece frecuentemente tenso, susceptible, malhumorado o demasiado cerca del límite?
Un patrón persistente de irritabilidad merece una valoración más amplia y no debería reducirse a “simplemente hace muchos berrinches”.
8. Aprendizaje: cuando una conducta también empieza a funcionar
Comprender el mundo emocional de un niño no significa ignorar cómo se aprende una conducta.
Adulto: “Es hora de hacer la tarea.”
Niño: grita.
Adulto: intenta convencerlo.
Niño: aumenta la conducta.
Adulto: “Está bien, hoy no la hagamos.”
El niño deja de gritar.
Si esta secuencia se repite, el niño puede aprender que una determinada conducta aumenta la probabilidad de que la tarea desaparezca.
No necesitamos asumir una intención sofisticada de manipulación.
Las consecuencias influyen sobre el aprendizaje.
Pero aquí aparece otra pregunta igualmente importante:
¿por qué esa tarea era tan difícil para ese niño?
Quizá:
- no la comprende;
- teme equivocarse;
- está agotado;
- existe una dificultad de aprendizaje;
- presenta problemas atencionales;
- requiere demasiado esfuerzo ejecutivo;
- tiene ansiedad;
- ya estaba saturado.
Dos preguntas diferentes
¿Qué está manteniendo esta conducta?
y
¿Qué hizo que esta situación resultara tan difícil para el niño?
Una buena formulación clínica necesita ambas respuestas.
9. Estrés y trauma: cuando necesitamos explorar la historia
Esta área necesita particular prudencia.
Estrés y trauma no son sinónimos.
Tampoco es correcto concluir que un niño tiene trauma simplemente porque presenta berrinches.
Sin embargo, cuando existe una historia de experiencias traumáticas, amenaza o alta adversidad, algunos niños pueden presentar:
- hipervigilancia;
- irritabilidad;
- miedo;
- evitación;
- problemas de sueño;
- dificultad para concentrarse;
- respuestas emocionales intensas;
- dificultades para recuperar la calma.
Determinadas situaciones actuales pueden adquirir significados diferentes según las experiencias previas.
Un adulto levanta la voz: “¡Cuidado!”
Un niño puede interpretarlo como: “Me están avisando algo”.
Otro niño, dependiendo de su historia, puede experimentar una activación mucho mayor.
La evaluación no debería inferir trauma únicamente por esa reacción.
Necesita conocer:
- la historia;
- las experiencias vividas;
- los desencadenantes;
- la presencia de recordatorios;
- evitación;
- hipervigilancia;
- cambios de sueño;
- funcionamiento cotidiano.
Puede conocer más sobre trauma infantil en Clínica Casa Bienestar.
10. A veces el comportamiento empieza en el cuerpo
No todo cambio conductual tiene una causa exclusivamente psicológica.
Un niño puede estar más irritable porque:
- tiene hambre;
- durmió mal;
- siente dolor;
- está estreñido;
- tiene molestias gastrointestinales;
- presenta una infección;
- tiene dolor dental;
- está enfermo;
- experimenta efectos de un medicamento.
Un niño que siempre se bañaba sin dificultad comienza repentinamente a gritar cada vez que entra al baño.
Es tentador pensar: “Ahora no quiere obedecer”.
Pero antes necesitamos preguntar:
¿Qué cambió?
¿Algo le duele? ¿Cambió la temperatura? ¿Existe sensibilidad? ¿Tuvo una experiencia desagradable? ¿Está enfermo?
Un cambio brusco e inexplicable de comportamiento merece especial atención.
11. Neurodesarrollo: cuando necesitamos mirar el patrón completo
En algunos niños, las dificultades de regulación forman parte de un perfil más amplio.
Puede ser necesario explorar:
- TDAH;
- autismo;
- dificultades de lenguaje;
- aprendizaje;
- desarrollo cognitivo;
- funcionamiento adaptativo;
- otros perfiles del neurodesarrollo.
Pero un berrinche no diagnostica ninguno de ellos.
TDAH
Puede haber dificultades persistentes relacionadas con:
- inhibición;
- memoria de trabajo;
- inicio de tareas;
- atención;
- espera;
- transiciones;
- regulación de respuestas.
Autismo
Además de regulación, habría que explorar:
- comunicación e interacción social;
- flexibilidad;
- juego;
- intereses;
- conductas repetitivas;
- procesamiento sensorial;
- historia del desarrollo.
Una crisis ante un cambio no diagnostica autismo.
Si existen varias características persistentes, puede ser útil conocer cómo se realiza una evaluación de autismo (TEA) en Costa Rica .
Lenguaje y comunicación
Un niño puede parecer oposicionista cuando en realidad:
- no comprendió;
- perdió una parte de la instrucción;
- no sabe cómo pedir aclaración;
- no consigue formular lo que necesita.
No siempre necesitamos escoger una sola explicación
Un niño puede presentar, por ejemplo, TDAH y ansiedad, TEA y TDAH, dificultades de lenguaje y ansiedad, o un perfil del neurodesarrollo junto con una historia de estrés.
A veces la pregunta más útil es:
“¿Qué combinación de procesos explica mejor cómo funciona este niño?”
“En la escuela puede, pero en casa explota”
Esta diferencia desconcierta a muchas familias.
La maestra puede decir: “Aquí no hace eso”.
Y los padres pueden pensar: “Entonces sí puede controlarlo”.
Pero necesitamos comparar contextos.
En la escuela puede haber
- horarios predecibles;
- instrucciones estructuradas;
- rutinas;
- claves visuales;
- reglas estables.
En casa puede existir
- cansancio acumulado;
- hambre;
- mayor variabilidad;
- transiciones;
- demandas simultáneas;
- un contexto emocional distinto.
Esto no significa automáticamente que exista masking ni una condición neurodivergente.
Significa algo más sencillo:
Cuando familia y escuela describen comportamientos diferentes, la pregunta no debería ser:
“¿Quién tiene razón?”
Sino:
“¿Qué cambia entre ambos ambientes?”
El mapa del berrinche: mirar más allá de la explosión
Antes de preguntarnos “¿cómo hago para que deje de hacerlo?”, podemos reconstruir la secuencia. Este mapa no es un test diagnóstico: es una forma de organizar información.
Un ejemplo completo: mirar el recorrido en lugar del último minuto
“Hizo un berrinche porque no quería bañarse.”
Cuerpo
Llegó cansado y tenía hambre.
Contexto
Acababa de terminar una actividad que disfrutaba.
Expectativa
Creía que todavía tendría más tiempo.
Demanda
Debía detenerse, levantarse, buscar ropa e iniciar otra secuencia.
Habilidades
Transición, memoria de trabajo, inhibición y flexibilidad.
Necesidad
Terminar, descansar y entender qué ocurriría después.
Comunicación
Dijo únicamente: “¡NO!”
Conducta
Gritó, se acostó en el suelo y pateó.
Respuesta adulta
Aumentaron las instrucciones y explicaciones.
Recuperación
Mejoró después de comer, disminuir el lenguaje y recibir una indicación a la vez.
Ahora tenemos algo clínicamente más útil que:
“No quiere obedecer.”
Esto tampoco diagnostica nada.
Pero permite formular mejores hipótesis y decidir qué enseñar.
¿Qué pueden hacer madres y padres durante una crisis?
Comprender la conducta no implica analizar diez variables mientras el niño está gritando.
Durante una activación intensa, la prioridad suele ser:
- garantizar seguridad;
- impedir agresiones cuando sea necesario;
- reducir el lenguaje si está muy activado;
- evitar discusiones largas;
- disminuir estímulos innecesarios cuando sea posible;
- sostener los límites relevantes;
- ofrecer cercanía o espacio según lo que ayude;
- esperar suficiente regulación antes de intentar enseñar.
“No voy a dejar que pegues. Estoy aquí. Hablamos cuando estemos más tranquilos.”
Regular no significa ceder
Podemos decir:
“No vamos a comprarlo.”
y también:
“Sé que estás muy enojado.”
Podemos detener una agresión:
“No voy a dejar que pegues.”
y ofrecer ayuda:
“Te voy a ayudar a mantenerte seguro.”
Después de la crisis: ahí ocurre gran parte del aprendizaje
Cuando el niño ya está suficientemente regulado, podemos explorar gradualmente:
- qué ocurrió;
- en qué momento empezó a ponerse difícil;
- qué sintió;
- qué necesitaba;
- qué podría hacer o comunicar la próxima vez.
Dependiendo de la edad, las palabras no siempre serán la mejor herramienta.
También pueden utilizarse:
- dibujos;
- juego;
- escalas visuales;
- historias;
- mapas corporales;
- tarjetas de necesidades;
- opciones concretas.
Hagamos más pequeña la pregunta “¿qué te pasa?”
A veces puede resultar más fácil preguntar:
“¿Estás más cansado o enojado?”
“¿Necesitas ayuda o espacio?”
“¿Fue demasiado ruido?”
“¿Te preocupó que cambiáramos el plan?”
No para poner palabras en la boca del niño, sino para ayudarlo a discriminar posibilidades hasta que pueda hacerlo con mayor autonomía.
¿Cuándo conviene consultar con una psicóloga infantil?
Puede ser recomendable solicitar una valoración cuando:
- las crisis son muy frecuentes o aumentan progresivamente;
- duran períodos prolongados;
- existe agresión significativa;
- aparece autolesión;
- interfieren con escuela, amistades o vida familiar;
- el niño tarda mucho en recuperarse;
- la familia evita cada vez más actividades;
- existe irritabilidad persistente;
- hay gran dificultad para reconocer o comunicar necesidades;
- aparecen problemas importantes con las transiciones;
- existen dudas sobre atención, lenguaje, aprendizaje o neurodesarrollo;
- existe una historia de experiencias adversas que podría estar influyendo;
- la familia siente que ya no consigue comprender qué desencadena los episodios.
Un cambio abrupto de comportamiento, pérdida de habilidades previamente adquiridas, dolor, episodios de posible alteración de conciencia u otros síntomas físicos también pueden requerir valoración pediátrica u otras especialidades.
¿Qué busca una psicóloga infantil cuando evalúa estos casos?
Una valoración de calidad no debería comenzar decidiendo:
“Es conducta.”
“Es ansiedad.”
“Es TDAH.”
“Es autismo.”
El objetivo es comparar explicaciones.
Historia del desarrollo
Lenguaje, juego, autonomía, regulación, interacción, atención, sueño y alimentación.
Características de las crisis
Desencadenantes, frecuencia, intensidad, duración y recuperación.
Funciones ejecutivas
Inhibición, planificación, flexibilidad, memoria de trabajo e inicio de tareas.
Procesamiento emocional
Reconocimiento, tolerancia a frustración, regulación y expresión de necesidades.
Contexto sensorial
Ruido, luz, tacto, ambiente y acumulación de estímulos.
Ansiedad
Anticipación, incertidumbre, evitación y necesidad de certeza.
Aprendizaje conductual
Qué ocurre antes, qué ocurre después y qué consecuencias pueden estar manteniendo determinadas respuestas.
Neurodesarrollo
TDAH, TEA, lenguaje, aprendizaje y funcionamiento adaptativo cuando existen indicadores.
También puede ser necesario integrar información de casa, escuela y otros contextos .
Las pruebas psicológicas, cuando son necesarias, deberían seleccionarse para responder preguntas clínicas específicas , no utilizar exactamente la misma batería para todos los niños.
Psicología infantil y regulación emocional en Clínica Casa Bienestar
Stephanie Priscilla Leiva Ramírez es psicóloga clínica y Máster en Estimulación Temprana.
Su trabajo se orienta especialmente a infancia, desarrollo infantil, regulación emocional, orientación a madres, padres y cuidadores, TDAH, TEA y neurodesarrollo.
Cuenta con formación clínica acreditada en ADOS-2 y forma parte del equipo de Clínica Casa Bienestar.
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Cómo comprender y acompañar emociones intensas. Evaluación de TDAH
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TEA y diagnóstico diferencial. Terapia de lenguaje
Comprensión, comunicación y expresión. Trauma infantil
Estrés traumático, regulación y acompañamiento. Stephanie Priscilla Leiva
Perfil profesional, formación y áreas de atención.
Preguntas frecuentes sobre berrinches y regulación infantil
¿Por qué mi hijo explota por cosas pequeñas?
A veces el desencadenante visible es solamente la última demanda después de cansancio, frustración, sobrecarga, ansiedad o esfuerzo acumulado. Conviene observar el contexto completo y no solamente el último acontecimiento.
¿Un niño puede saber una regla y aun así no cumplirla?
Sí. Conocer una regla y conseguir inhibir una respuesta durante una activación emocional intensa requieren procesos diferentes. Las funciones ejecutivas, el desarrollo y el nivel de regulación pueden influir.
¿Los berrinches pueden estar relacionados con TDAH?
En niños con TDAH pueden existir dificultades de inhibición, espera, transición y regulación. Sin embargo, un berrinche por sí solo no permite establecer un diagnóstico de TDAH.
¿Los berrinches significan autismo?
No. Los niños autistas pueden presentar dificultades regulatorias, pero para evaluar TEA es necesario analizar un patrón más amplio de comunicación social, flexibilidad, intereses, conductas repetitivas, procesamiento sensorial e historia del desarrollo.
¿Comprender el berrinche significa permitir la conducta?
No. Comprender una conducta ayuda a elegir mejores estrategias. Es posible validar una emoción, mantener un límite e impedir una conducta peligrosa al mismo tiempo.
¿Por qué mi hijo dice “no sé” cuando le pregunto qué le pasa?
En algunos momentos el niño puede tener dificultades para identificar señales corporales, reconocer una emoción, organizar lo ocurrido y encontrar palabras. “No sé” no siempre significa que no quiera responder.
¿Cuándo debería consultar por los berrinches de mi hijo?
Cuando los episodios son muy frecuentes o prolongados, incluyen agresión o autolesión, interfieren con la vida cotidiana, existe irritabilidad persistente o aparecen además dudas sobre lenguaje, atención, aprendizaje o desarrollo.
Una última idea para madres y padres
Cuando estamos en medio de una rabieta, la conducta ocupa toda la escena.
Se escucha el grito.
Se ve el portazo.
Se siente el cansancio.
Y aparece una preocupación comprensible:
“¿Qué estamos haciendo mal?”
Pero comprender la conducta requiere ampliar la imagen.
A veces encontraremos frustración.
A veces una función ejecutiva que todavía necesita apoyo.
A veces descubriremos que el niño llegó completamente saturado.
A veces sabe que algo le pasa, pero todavía no consigue identificarlo.
A veces sabe qué necesita, pero no puede pedirlo.
A veces hay ansiedad.
A veces irritabilidad.
A veces la conducta aprendió a funcionar.
A veces existe una historia de estrés o trauma clínicamente relevante.
A veces será necesario evaluar TDAH, autismo, lenguaje u otras condiciones del desarrollo.
Y muchas veces encontraremos varias cosas al mismo tiempo.
Y después: ¿qué habilidad necesita este niño para poder responder de otra manera la próxima vez?
Comprender no significa permitirlo todo.
Comprender permite saber:
qué enseñar, qué límite sostener, qué apoyo ofrecer y qué necesitamos evaluar.
Porque un berrinche es una conducta.
Pero detrás de esa conducta hay un niño cuyo desarrollo, cuerpo, contexto y habilidades merecen ser comprendidos.
Sobre la autora
Psicóloga clínica y Máster en Estimulación Temprana.
Su trabajo se orienta especialmente a infancia, desarrollo infantil, regulación emocional, orientación a madres, padres y cuidadores, TDAH, TEA y neurodesarrollo.
Cuenta con formación clínica acreditada en Autism Diagnostic Observation Schedule, Second Edition (ADOS-2).
Conocer la formación y áreas de atención de StephanieReferencias
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Este artículo tiene fines psicoeducativos y no sustituye una valoración psicológica, pediátrica, neurológica o del desarrollo individualizada.
